Cuando la violencia silencia a las mujeres

… «Y he aquí que la mujer estaba tendida ante la puerta de la casa con las manos aferradas al umbral. Él le dijo: Levántate y vámonos; pero ella no respondió…» – Jue 19, 27-26.

 

De acuerdo con el INEI (Instituto Nacional de Estadística e Informática) en Perú, concretamente en Lima, han sido registradas 1.131 denuncias de agresión sexual a víctimas menores de 18 años, de las cuales 1.044 eran niñas o adolescentes de sexo femenino (2016) (a); los medios indican que en lo que va de año (2018) se han registrado 126 detenciones por violencia contra la mujer, de las que 114 han ocurrido en enero (b). Hace apenas unos días la noticia de la violación y asesinato de una niña de 11 años en San Juan de Lurigancho (c) ha conmocionado las redes y movilizado manifestaciones de repudio civil (d). Ante todo esto no podemos evitar pensar en cuán poco hemos progresado en cuanto al valor y el respeto de la mujer. A pesar de las multitudinarias marchas como Ni Una Menos y de las campañas de sensibilización, seguimos topándonos con noticias horribles de violencia física y sexual a mujeres y niñas.

Vivimos en un país muy machista, en una cultura extremadamente sexista donde la mujer es infravalorada en muchos ámbitos, y donde se silencia su voz mediante la violencia y la agresión sexual. 

Lo ocurrido con Jimena en San Juan de Lurigancho (e) no solo causa nuestra indignación como sociedad (e iglesia) sino que nos obliga a pensar críticamente las formas en que se entiende el ser mujer en este país, a tomar resoluciones (como educar a la juventud al respecto, prevenir, denunciar cualquier maltrato) y, desde el punto de vista de nuestra fe, nos confronta.

En las Sagradas Escrituras son varios los casos de mujeres víctimas de algún tipo de violencia, pensemos, por ejemplo, en Susana, víctima de dos facinerosos ancianos dispuestos a violarla (LXX.: Dn 13), en Rut y Noemí condenadas a la miseria por ser mujeres, y en la horrible historia de la mujer del levita que nos narra Jueces 19.

Esta última refleja un tipo de violencia que silencia a las mujeres y les corta la vida, una violencia cercana a la que estamos evidenciando en nuestros días: un levita marcha en busca de su concubina que se le ha ido (en el original: «pilegesh«, es decir, una mujer casada que podía optar libremente por marcharse a la casa de sus padres) al encontrarla en casa de los padres de ella reemprende el camino llevándola consigo y se detienen en Guibeá (o Gabaa) de Benjamín donde son hospedados por un anciano. Una vez repuestos del viaje, una multitud de hombres perversos rodeó la casa exigiendo al anciano que echara fuera al forastero para violarlo (quizá una forma de humillarlo por su estatus de levita/clérigo abandonado por su esposa). El anciano hospitalario les ofreció a su hija virgen a cambio de que respetasen a su huésped, pero como ellos no quisieran oírle el levita tomó a su concubina y la arrojó fuera donde fue abusada hasta el amanecer.

Al salir el sol la mujer volvió a la casa y se dejó caer ante la puerta. Lo que sigue es digno de un thriller, o de la portada de los diarios: El levita salió al amanecer y la encontró tendida e inerte, entonces le ordenó: Levántate, vámonos. Pero ella no respondió, entonces él la cargó sobre su asno y marcharon a casa, al llegar echó mano de su concubina y las desmembró con un cuchillo repartiendo luego los trozos por el territorio de Israel a consideración de todos. Consecuencia de ello es una declaración de guerra contra el pueblo de Guibeá, no para vengar la muerte de la mujer en cuestión, sino para vengar el honor del levita ofendido cuando intentaron violarlo.

El sórdido relato de Jueces puede llevarnos a pensar hoy en las muchas formas en que la violencia silencia a las mujeres hasta la muerte: En primer lugar está el levita, su marido, quien incapaz de respetar la libertad de su concubina (pilegesh) decide traerla de vuelta a casa; es un marido poco interesado en el daño ocasionado a la mujer pero muy preocupado en vengar la afrenta que sufrió por parte de los habitantes de Guibeá. Al final se nos muestra como un marido violento y cobarde: prácticamente persigue a su mujer para obligarla a volver, luego no tiene reparos en permitir que otros la violen, finalmente la descuartiza (el relato parece dar a entender que ella aún estaba viva) y utiliza los restos como bandera para promover más violencia, una guerra vindicativa. El levita representa la violencia del hogar, los maridos abusivos, preocupados de sus prerrogativas, de su orgullo viril ultrajado por la libertad de la mujer, capaces de utilizar a la esposa como objeto para salvar cobardemente la situación.

En segundo lugar aparece el anciano hospedero quien por salvar la integridad masculina de su huésped accede entregar su propia hija virgen a la turba. Representa a la sociedad viril que se hace cómplice de la violencia a la mujer y la fomenta. Pensemos, por ejemplo, en la televisión basura que promueve y comercia a la mujer como objeto de deseo.

En tercer lugar tenemos a la mujer misma, el único personaje sin voz. El texto no es claro sobre por qué se marcha, algunos autores piensan que la traducción de que «ella le fue infiel» es subjetiva; la Biblia de Jerusalén traduce: Se enfadó con él su concubina y lo dejó para volver a la casa de su padre. Esta mujer, sin embargo era libre de vivir en casa de sus padres estando casada. Por otra parte probablemente no fuera la única esposa del levita sino una entre tantas. La mujer no tiene voz. Su marido dispone de ella cobardemente para evitar ser violado, luego no se preocupa por ella, le ordena fríamente levantarse y seguirlo, finalmente consuma su egoísmo al descuartizarla viva y esparcir sus restos para iniciar una guerra de hombres. Parece que esta mujer no fuera sino un objeto, ella no es persona, ella es posesión del marido, ella es cuerpo de deseo de los violadores, y finalmente ella es doce trozos de carne. En ningún momento la dejan hablar, y ella representa a las mujeres silenciadas por la violencia.

Ahora pasemos a otra mujer, esta vez es una mujer a punto de morir también, sin recurso a defenderse, pero en su caso corre con suerte: alguien la defiende y logra rescatarla. 

… Entonces los escribas y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio; y poniéndola en medio, le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio. Y en la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres.Tú, pues, ¿qué dices?

Mas esto decían tentándole, para poder acusarle. Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en tierra con el dedo. Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella. E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en tierra.

Pero ellos, al oír esto, acusados por su conciencia, salían uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los postreros; y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en medio.

 El relato pertenece a Juan 8, 1-11. Esta mujer estaba a punto de ser sacrificada «legalmente» para poner a prueba a Jesús. Él pasa por encima de la Ley para poner el dedo en la llaga: el que de vosotros esté libre de pecado sea el primero en arrojar la piedra. Jesús no se suma a la turba inmoral que intenta condenar moralmente a una mujer, él se convierte en la voz de una sin voz para librarla de una muerte violenta. En medio de una sociedad «avanzada» nuestra fe nos mueve a asumir la voz de las mujeres sin voz, defender sus derechos y denunciar su maltrato pasando incluso por encima de las convenciones sociales y culturales. En una cultura vacía de dignidad, l@s discípul@s debemos ser l@s primer@s en devolver la voz a las víctimas y silenciar todo intento de excusa de los victimarios.

Estos dos relatos, tan lejanos diametralmente, siguen siendo para nosotros Palabra de Dios, una Palabra que interpela y confronta con nosotr@s mism@s y con la sociedad. El primero nos habla al destape de la situación vulnerable de las mujeres, no es para nada ajeno a la realidad actual; el segundo apunta a cuál debe ser nuestra actitud: no imitar al levita, ni al hospedero, ni a los benjaminitas, ni a los hipócritas fariseos, todos ellos resumen la sociedad, política y religión que silencia; nosotr@s estamos llamad@s a imitar al Cristo liberador.

Hoy por hoy las mujeres y niñas siguen siendo atrozmente silenciadas, como Jimena y como muchas. Estamos llamad@s a ser su voz, una voz en medio de la violencia ciega es siempre una voz profética. Como Iglesia no podemos callar ni consentir, no podemos ser discípul@s de Cristo según y cómo sino por completo. Mientras muchos se escudan en sus propias interpretaciones fraudulentas de la Palabra, y muchos encubren y fomentan la agresión sexual, la violencia y la explotación, nosotr@s optamos por alzar la voz por ellas para que no queden impunes. Desde casa, desde el trabajo, en la calle, desde el púlpito.

Adelantar el Reino de Dios también implica que la violencia cobarde no continúe silenciando víctimas a nuestro alrededor. 

 

 

Notas:

(a) https://www.inei.gob.pe/estadisticas/indice-tematico/violencia-de-genero-7921/

(b) https://elcomercio.pe/peru/126-detenidos-violencia-mujer-menores-ano-noticia-495126

(c) http://larepublica.pe/sociedad/1179909-cesar-augusto-alva-mendoza-confeso-que-asesino-y-quemo-a-nina-de-11-anos-en-san-juan-de-lurigancho-video

(d) http://larepublica.pe/sociedad/1181846-las-mejores-imagenes-que-dejo-la-multitudinaria-marcha-jimenarenace-fotos

(e) http://larepublica.pe/sociedad/1179512-familiares-dan-ultimo-adios-a-nina-asesinada-en-san-juan-de-lurigancho

+ La imagen que encabeza este artículo es el lienzo: «El levita de Efraín» (1898), del pintor francés Jean-Jacques Henner.

 

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