La fe que sana y salva

Sermón a cargo de la hna. Leena Hokkanen, Iglesia Luterana Cristo Rey. Domingo 13/10/2019. Segundo domingo de la Reforma.

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TEXTO: MARCOS 5: 24-34

En aquel tiempo: Había una mujer que llevaba doce años padeciendo hemorragias; había sufrido mucho en manos de médicos, se había gastado su fortuna sin mejorar, y al contrario había empeorado. Oyendo hablar de Jesús, se mezcló en el gentío, y por detrás le tocó el manto. Porque pensaba: Con sólo tocar su manto, me sanaré.
  Al instante desapareció la hemorragia, y sintió en su cuerpo que estaba sanada. Jesús, consciente de que una fuerza había salido de él, se volvió entre la gente y preguntó:  

—¿Quién me ha tocado el manto?   Los discípulos le decían:
   —Ves que la gente te está apretujando, ¿y preguntas quién te ha tocado?
  Él miraba alrededor para descubrir quién lo había tocado.  La mujer, asustada y temblando, porque sabía lo que le había pasado, se acercó, se postró ante él y le confesó toda la verdad.
  Él le dijo:  —Hija, tu fe te ha sanado. Vete en paz y sigue sana de tu dolencia.

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 INTRODUCCIÓN
Queridos hermanos y hermanas, Hoy el tercer domingo del mes de la Reforma, vamos a hablar de SOLA FIDE, solamente por la FE, base de la doctrina de la justificación por la fe sola.

Las grandes verdades suelen quedarse escondidas en los rincones de las estructuras de poder y de opresión en los vaivenes de la historia, y se requiere de alguien, de una mente especial y abierta  para volver a descubrirlas.  Así pasó con el monje agustino Martin Lutero en el siglo 16.  Con sus 22 años durante una tormenta fuerte hizo la promesa de ser un monje dejando su estudio de derecho contra toda la oposición de su padre y entró en un monasterio de la Orden de Ermitaños de San Agustín.  Quería ser un buen monje.  Fue un hombre de consciencia sensible, acuciosa,  observando  su propio actuar con mucho rigor y severidad  En su búsqueda de la aprobación de Dios, no rehuyó ningún sacrificio, ya fuese dolor físico o angustia mental. Confesaba con mucha frecuencia, pero no recibió paz para su alma. Algo no estaba bien, pero no lo podía percibir.

Dios nunca abandona a sus hijos que buscan la verdad, y luego más de 10 años de luchas internas, de un viaje a Roma en asuntos oficiales, donde vio la gran corrupción de la iglesia, doctorado en  teología, enseñanza de la Biblia  llegó a Martin Lutero el momento Estrella, el momento de luz de su vida, donde se dio cuenta de la sencillez de la gran verdad.  EL JUSTO POR LA FE VIVIRÁ y no por las obras o méritos propios.  Estas palabras de la Biblia que él había leído muchas veces adquirieron un significado nuevo, salvador. La acción redentora de Dios es por medio de Jesucristo, es fruto de la fe y no de las buenas obras ni de las penitencias o indulgencias. Esta verdad le dio a Martín paz al corazón y una nueva compresión del amor divino.  La epístola de san Pablo a los Romanos llegó a ser la fuente de la inspiración inagotable para el monje Martin.

Esta justicia de Dios llega, mediante la fe en Jesucristo, a todos los que creen.

En esta premisa se cimentó posteriormente la iglesia luterana junto con las otras 4 SOLAS que estamos estudiando.

¿QUE ES UNA FE QUE JUSTIFICA?

Citando a Lutero, aquella fe que justifica no es solo un conocimiento de la historia, es asentir la promesa de Dios en la cual se ofrece por gracia, por causa de Cristo, la remisión de pecados y justificación. Es una promesa que se recibe por la FE.

 
Se trata de una Fe viva que es parte integral de la vida de cada día e incluye la aceptación intelectual, la confianza y la obediencia. Significa ser “transformados de injustos en justos” o “ser regenerados”.  La fe  libra de la muerte y origina en los corazones una vida nueva que es obra del Espíritu Santo. Las obras de bien son un fruto automático de la vida de fe.


Esto dijo Lutero hace más de 500 años. ¿Sigue válida para hoy? Por supuesto que sí. La Fe es una fuerza muy grande, es confianza, es una energía muy poderosa. La sicología y la neurociencia actuales  han descubierto la gran influencia de las creencias que tenemos en nuestras vidas.

LA FE EN ACCIÓN

Un ejemplo de la fe vivida hemos escuchado en el evangelio de hoy. La mujer cuyo nombre no  sabemos, pero que puede representar a todas las mujeres, estaba en una situación desesperada, había vivido 12 años aislada, con una hemorragia  que no paraba.  Debe haber estado ya totalmente anémica y con muy pocas fuerzas. Según la ley judía ella por su flujo de sangre, estaba ceremonialmente impura, no podía ir a la iglesia y cada cosa que tocaba, la convirtió en impura.  Estaba condenada a vivir separada de los demás.  Había gastado todo lo que tenía para médicos, sin resultados, sino iba de mal en peor. Su situación era desesperante y  aparentemente no tenía solución.

Las noticias de los milagros de Jesucristo  también llegaron a su casa y se despierta la esperanza en su corazón.  Él me podría ayudarEstaba viviendo el desengaño, la decepción por los médicos quienes no la habían podido ayudar.  Son justo estos momentos que nuestro Dios usa para que lo busquemos a Él.  La mujer había  escuchado de Jesús, porque la fe viene por el oír, y oír la palabra de Dios. También es nuestra responsabilidad como cristianos y miembros de una iglesia, compartir las buenas nuevas de Jesús con los demás.

La esperanza le dio a la mujer las fuerzas necesarias para emprender una acción y salir al encuentro de Jesús.  Asumió un alto riesgo ya que por su impureza no podía estar entre la gente.  El acercarse  a Jesús fue difícil.  Había mucha gente a su alrededor y lo apretujaban mucho.  Entonces qué hacer?  Ella, guiada por su fe,  pensaba  «Si logro tocar siquiera su ropa, quedaré sana.» Y  decidió  acercarse a Jesús por detrás y logró su cometido. Al momento que tocó la capa de Jesús, detuvo el derrame de sangre y ella sintió en su cuerpo que estaba sana.

Pero aquí no termina el relato. Jesús se dio cuenta que había salido poder de él y preguntaba a los discípulos ¿Quién me ha tocado la ropa? Los discípulos no entendían lo que preguntaba Jesús, probablemente no se dieron cuenta de la energía, de la fuerza que Jesús empleaba en la atención de las personas. La mujer, frente a la pregunta y mirada de Jesús, temblando de miedo y sabiendo lo que le había pasado, superando sus temores, se arrodilló frente a Jesús y le contó toda la verdad.  Fue  su confianza, su fe sincera y su fe confesada en público.  La confesión pública honra el nombre de Jesús y honra la fe de la que declara.

Grande fue el premio que le dio Jesús: “Hija, por tu fe has sido sanada.  Vete tranquila y curada ya de tu enfermedad”.  Jesús la sanó y  restableció  su pureza, la salvó y el testimonio de su curación ha quedado escrito y llega hasta nosotros. Estoy segura que de ahí en adelante, esta mujer se convirtió en una mensajera de buenas nuevas para todos los que estaban junto a ella.

El toque de fe cambió su vida, en su angustiosa necesidad de búsqueda de curación tuvo su momento estelar,  su hora de luz tal como la tuvo Martin Lutero cuando dio cuenta de la fe que justifica, que por medio de Jesucristo construye el puente que nos une a Dios.

Son dos historias de fe muy diferentes, pero también  semejantes.  Es Dios quien a través de Jesucristo, sana, salva, acepta  a sus hijos y hijas como sus herederos, guiando los destinos de la humanidad. 

Han pasado 500 años de la Reforma de Lutero y de la separación de la Iglesia Romana.  Sin embargo hay que notar que en el año 1997  se firmó entre la Federación Luterana Mundial y la Iglesia Católica Romana la Declaración Conjunta sobre la Doctrina de la Justificación en que .Juntos confesamos que la gracia de Dios perdona el pecado del ser humano, confiriéndole el don de una nueva vida en Cristo. Cuando los seres humanos comparten en Cristo por fe, Dios ya no les imputa sus pecados y mediante el Espíritu Santo les transmite un amor activo.

Como cristianos y cristianas confesamos juntos nuestra fe con las palabras del Credo Apostólico.  Hace varios años analizamos en Cristo Rey el Credo Apostólico desde el punto de vista de nuestra fe y de mi fe y acordamos la redacción que ahora  vamos a recitar juntos. 

Que el Señor fortalezca nuestra fe y nos haga crecer en el amor.

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