Las Bodas de Caná

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«El vino nuevo del Reino«

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+ Juan 2:1-11. Las Bodas de Caná.

     «Tres días después hubo una boda en Caná de Galilea«. Así comienza, hermanas y hermanos, el evangelio que acabamos de escuchar, enmarcado en el interesante itinerario de seis días con el que el evangelio de Juan presenta a Jesús (Juan 1:29 – 2:1), seis días en los que sucesivamente se va revelando quién es Jesús, desde el testimonio de Juan el Bautista, pasando por los primeros discípulos, hasta el testimonio final, como colofón, en Caná de Galilea; seis días como seis han sido los días de la Creación porque algo nuevo está surgiendo con Jesús de Nazaret (Isaías 43:19). Además, «Tres días» es también una frase que decía mucho a los primeros cristianos: éste que aquí se manifiesta a través de un signo es el mismo que resucitó al tercer día.


Caná es una aldea a quince kilómetros de Nazaret, en aquella época una boda era la fiesta más querida y entrañable entre las gentes del campo: durante varios días familiares y amigos se dedicaban a bailar, comer y beber, acompañando a los novios y participando de su alegría, entonando canciones de amor, celebrando el enlace entre dos seres que ahora venían a ser uno solo (Génesis 2:24). Todo es alegría en la boda de Caná, todo es gozo: el gozo del nuevo y juvenil amor, el gozo de la esperanza de una vida compartida, el gozo de la gradable compañía, el gozo de la vida hecha celebración.


A esta fiesta tan humana es invitada la madre de Jesús, y también Jesús mismo con sus discípulos. Qué hermoso nos resulta entonces imaginar a Jesús entre los comensales, formando parte de la alegría, no como un personaje hierático y adusto como lo pintó Paolo Veronese, sino como el hombre que comparte a alegría de la fiesta y se une con entusiasmo a esta celebración que además, para Él particularmente debía tener un significado muy profundo: Jesús hablaría del Reino de Dios usando el mismo símil de un banquete de bodas (Mateo 22:1-14; Lucas 14:15-24), Él que estaba tan empapado en las profecías de Isaías y que había hecho suyo el plan pastoral de Isaías 61:1-3 (Lucas 4:18-19) también habría hecho suyas las palabras del profeta cuando exclama: «Desbordo de gozo en el Señor y me alegro en mi Dios, pues me ha vestido ropas de fiesta y me ha envuelto en un manto de triunfo como novio que se pone la corona…» (Isaías 61:10).


Uno de los elementos fundamentales en toda celebración humana era el vino, símbolo de la alegría: «El buen vino alegra el corazón del hombre» (Salmo 104:15); también el vino es símbolo del amor, la novia del Cantar de los Cantares exclama: «Tus amores son mejores que el vino» (Cantares 1:2; 4:10) y el novio responde: «Tus labios son vino aromático» (Cantares 7:10). ¿Se puede pensar en una boda sin amor ni alegría? Y si releemos el texto en clave de Iglesia ¿Se puede pensar en una iglesia sin alegría y sin amor?
Nos resulta muy difícil imaginarlo, sin embargo a veces nuestras comunidades cristianas, nuestras mismas vidas cristianas, sucumben ante lo rutinario y lo burocrático deslizándonos hacia una fe de costumbres, y perdemos la alegría y el amor. ¿Qué sentido le queda a la Iglesia en general y a nuestras vidas en particular cuando perdemos la alegría y el amor?

Cuando en el siglo I d.C se acababa el vino en una fiesta ocurría una tragedia. Posiblemente los mayordomos se habrían visto en un serio problema si a mitad de las fiestas se les acababa el vino; María se hizo consciente de esta dificultad quizá por alguna cercanía a los novio, lo cierto es que dirigiéndose a su hijo le informa: «No tienen vino». ¿Estaba ella esperando un milagro para socorrer a los novios en su aprieto, o esperaba de su Hijo algún gesto de solidaridad hacia ellos? Muchas veces nuestras vidas pueden verse tan vacías como una celebración sin vino, y solemos rodearnos de elementos o personas que nos ofrecen una alegría pasajera pero son incapaces de saciar nuestra sed y darnos plenitud.

Solamente el vino nuevo del Reino es capaz de darnos vida plena, solamente ofreciendo a otros el vino nuevo del Reino, el mensaje, la Buena Noticia liberadora de Cristo, cumpliremos con nuestra labor misionera de transformar a quienes nos rodean: «Transformar«; la transformación del agua en vino es signo de la acción de Cristo y de su Espíritu en nuestras vidas. Transformar nuestras estructuras, ideas y nuestra vida para que ya no seamos agua en tinajas de piedra sino vino generoso.

«Había allí seis tinajas de piedra para las purificaciones de los judíos«, aunque eran gente de campo querían continuar cumpliendo con aquellos preceptos y leyes de la Antigua Alianza grabados en piedra. Estas seis tinajas representan la Ley imperfecta cuyos ritos externos y vacíos se oponen al Evangelio; en un sentido más profundo, son signos de una religiosidad que se caracteriza por el mero cumplimiento como medio de justificación [sabiendo, como sabemos, lo que a menudo implica el simple «cumplimiento» despojado de todo proceso de interiorización: cumplo y después miento]. Para probar el agua convertida en vino hay que sacarla de las seis tinajas de piedra: para que nuestra vida cristiana sea una vida plena hemos de desechar aquellas estructuras o paradigmas monolíticos, desapegarnos de formas de cristianismo pétreo que se han ido calcificando con el tiempo y el sarro de las costumbres externas; hemos de sacar de nuestros corazones esos apegos pecaminosos que tanto disfrutamos y complacemos en silencio, y que nos impiden saborear el vino nuevo.

Nosotros y nuestro mundo necesitamos brindar más con el buen vino del diálogo y la apertura, el vino de la calidez fraternal, del mutuo respeto y de la compasión.No debemos echar nuestra fe en frías vasijas de piedra, no debemos dejar que nuestro entusiasmo por el Evangelio de vida se calcifique, lo más triste que se puede decir de una persona, de una familia, de una Iglesia es: «Ya no tienen vino».

Vivimos en un tiempo y en una sociedad donde cada vez se debilita más la raíz cristiana del amor desinteresado; hemos reducido el amor a una idea manoseada, cargada de sensualidad y despojada de su dimensión liberadora y transformante. El amor al prójimo, a nuestras hermanas y hermanos, es un vino que tiende a escasear en el mundo. Sin el vino del amor no hay alegría. Sin caridad no hay Iglesia.

Lo que hizo Jesús en Caná no fue un milagro, fue un signo (Juan 2:11; 11:47), es decir, una señal sobre lo que está ya llegando; cada uno de sus signos, desde este en Caná de Galilea, pasando por las curaciones y exorcismos, hasta su último signo: la resurrección de Lázaro (Juan 11:1-44) son señales o síntomas positivos que delatan la presencia del Reino de Dios. Nuestra labor (la vuestra y la mía) es actualizar creativamente los signos de Jesús en nuestra iglesia y en nuestro Perú de hoy, transmitiendo la alegría de nuestra fe a una sociedad harta de ver cristianos de cara triste. Transmitir la fe no es solo transmitir doctrina, es transmitir el gozo por la vida, por lo bello y lo noble; no podemos ofrecer al mundo un Evangelio aguado (diluido); no podemos ofrecer primero el vino bueno ilusionando a otros para después servirles el vino peor; Jesús dejó el mejor vino para el final: lo mejor para tu vida, para tu familia y para la iglesia está aún por llegar, nosotros trabajaremos para sacar el vno de las tinajas, no dejaremos de trabajar y orar para que se haga realidad.

¿Cuál es nuestro deber ahora? Que en nuestros hogares y en la Iglesia nunca falte el vino: la alegría y el amor (caritas, ágape, filía, etc); que podamos ofrecer también a otras personas un vaso de este vino y que muchos puedan decir de esta comunidad: «¡Mirad cómo se aman!» (Tertuliano, Apologético, 39:1-18)  «¡Mirad cómo tienen una sola alma y un solo corazón!» (Hechos 4:32) «¡Mirad cómo para ellos la caridad, el mutuo amor, es su ley, su eje y su peso!» (Juan 15:12).

Que recuperemos juntos el entusiasmo por la Buena Noticia, por las cosas nuevas, por la sed de justicia y el anhelo de compartir, y que nuestras iglesias sean comunidades humanas, fraternales, donde todos encuentren al Dios de la vida en una mano amiga, en una palabra de aliento, en la mesa del pan y la Palabra, y en la compañía de las hermanas y hermanos de comunidad.

Que seamos creativos para renovarnos juntos, para mostrar que nuestra fe no está petrificada; que nuestros gestos sean signos del Reno.
Hermanas y hermanos, que este evangelio que hoy hemos escuchado refresque nuestra vida de fe; atendamos a las palabras «Haced lo que Él os diga» (Juan 2:5) y dispongámonos a trabajar por el Reino. Así sea.

Rev. Gustavo Martínez S.

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