¿Cómo Orar?

Foto: «Intimate Spaces» de Niamh Smith

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Orad sin cesar… (1Tes 5:17)

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En cierta ocasión los discípulos se acercaron a Jesús y le pidieron: “Señor, enséñanos a orar…” (Lucas 11:1). Ciertamente orar es una necesidad humana, necesitamos relacionarnos con nuestro Padre del Cielo, comunicarnos con Aquel que sabemos nos conoce mejor que nosotros mismos (salmo 139) nos escucha y además mora en nuestro interior, “más íntimo que nuestra propia intimidad” (Agustín de Hipona, Confesiones: III, 6, 11). Hoy día muchas personas están en la búsqueda de establecer tales vínculos con lo espiritual (creyentes y no tan creyentes), el ser humano tiene sed de Dios, de encontrarse con su Creador (Salmo 42:2), de ahí que hayan tantas prácticas tan diversas, tantos gurús y guías espirituales… pero orar es más sencillo que eso.

Todos estamos llamados a orar, es parte de nuestra vocación cristiana; para orar no hace falta ni mucha ciencia ni muchos conocimientos ni demasiadas palabras, en realidad solo tres cosas son necesarias: caridad,fe y perseverancia.

Caridad. Orar es un diálogo de amor (Caridad) entre el ser humano y su Creador sabiendo “que Él se preocupa por nosotros” (1 Pedro 5:7). Orar es “tratar de amistad estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos que nos ama” (Teresa de Jesús, Libro de la Vida: 8,5) es decir, es hablar con Dios como con un amigo (Éxodo 33:11) con absoluta confianza. En este coloquio entre Padre e hijo(a) algunas veces sobran las palabras, basta con el silencio sabiendo que estamos en su presencia.

Fe. Orar es un acto de fe, una fe que se traduce en confianza (en griego: Πίστις – pistis) en que somos escuchados siempre (Juan 11: 41-42), confianza en que seremos atendidos si lo que pedimos nos conviene, confianza en que el Padre no nos rechazará si lo buscamos de todo corazón (Salmo 27: 7-8).

Perseverancia. Perseveren en la oración, velando en ella con acción de gracias” (Colosenses 4:2) es lo que pedía san Pablo a los primeros cristianos, no abandonar la oración por comodidad, flojera, desgana o – aún peor – la idea de que Dios no nos oirá porque somos pecadores. Muchas veces desistimos de orar aduciendo que nuestra ajetreada vida moderna o las responsabilidades del trabajo y la familia no nos dejan tiempo para buscar a Dios, en esos momentos vale la pena preguntarnos: ¿Adecúo mi tiempo para poder hablar con Dios, o Dios es la última cosa que no encaja en mi tiempo?.

Perseverar también implica insistir, no repitiendo las mismas fórmulas creyendo que el Padre atiende más al número de nuestras plegarias que a su contenido (Mate 6: 7-8) sino insistir con el corazón en dar gracias, en pedir, pidiendo además que se haga siempre la voluntad del Padre y no la nuestra, en alabar a Dios por medio de su Hijo Jesucristo por todo lo que obra en nosotros y por nosotros, muchas veces sin que nos demos cuenta. Jesús nos invita: Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá… (Lucas 11:10).

Dios no precisa de plegarias con mucha floritura sino que atiende al corazón que ora confiando, amando y perseverando.

Finalmente, tenemos un bello modelo de oración en el Padrenuestro. Con este esquema aprendemos a orar (santificando el Nombre de Dios) sabiendo que en primer lugar hemos de pedir que venga el Reino (Mateo 6:10) y que no basta con pedirlo sino que cada día trabajamos para hacer que el Reino germine en nuestra tierra (Lucas 12:31) el cual es ante todo “justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo” (Romanos 14:17): ser justos, ser agentes de paz a nuestro alrededor, y ser transmisores de la alegría liberadora de la Buena Noticia. Cristo prometió que a quienes buscan el Reino todo lo demás que necesitan lo dará el Padre por añadidura pues Él conoce de antemano qué necesitamos (Mateo 6: 32-34), de modo que al pedir el pan diario, el perdón de las ofensas, el no ceder a la tentación y el ser liberados de todo peligro, no oramos solo por nosotros sino por quienes piden, buscan y llaman sin encontrar el Camino.

Por: Gustavo Martínez S. – Vicario

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